martes, diciembre 10, 2013

Nettel: ésta que fui-(Sexenio-Puebla 05/12/13)

Los descubrimientos literarios que he tenido en mi corta vida, siempre han sido fortuitos y extraordinarios.

Hace algunos meses tuve la oportunidad de conversar y compartir el pan y la sal con Guadalupe Nettel. En su conversación pude percatarme de una mujer con fortaleza vivencial, lo que prometía una narrativa con entraña.

Nettel ha incursionado en la narrativa como cuentista.

El cuerpo en que nací es su primera novela y esta se inscribe en un “novedoso género”: la narrativa vivencial; por decirlo de una forma. Con mucho auge recientemente, ahí están Julián Herbert, César Tejeda; por nombrar unos.

El cuerpo en que nací es la novela dentro de la novela.

Es el confrotamiento que Nettel hace con sus distintos “yo” que la convirtieron en la mujer que hoy es.
Nettel -a lo largo de casi doscientas páginas- demuestra al lector cómo la vida es digna de ser novelada, sin tapujos ni pretensiones absurdas.

Aquí puede leerse la infancia y la adolescencia de Nettel: su paso por un Liceo, sus amistades y la distancia que tomó con cada una de ellas; sus complicadas relaciones familiares con su madre, abuela, padre y hermano. Su vida entre dos patrias: México y Francia. Su necesidad de libertad y cómo la encuentra -relativamente-  en el acto de leer y escribir narrativa.

La narrativa como un ejercicio catártico, una de las grandes naturalezas de toda expresión artística está bien plasmada en la novela de Nettel.

El acto ficcional se lo deja al lector. El lector podrá decidir si todo lo contado es ficción o si ésta recae en la idea de plasmar lo narrado como una suerte de revelaciones ante el psicoanalista.

No es una novela que duela, pero sí atrapa y te da un aire de renovación, de pertenencia.

Yo quiero ser miembro del ejército de trilobites y que mi generala sea Nettel.


Una novela auténtica, fresca.

viernes, diciembre 06, 2013

La fotografía hecha poesía-(Sexenio-Puebla 29/10/13)

La fotografía y la poesía podrían ser hermanas; ambas ofrecen imágenes específicas.

Para obtener una excelente toma son horas de espera; mientras que para escribir la metáfora perfecta pueden transcurrir muchos versos.

Charles B. Waite; quien junto con Winfield Scott los cuales –según Casas de la Torre Benigno[1]-, pertenecieron a la última generación de fotógrafos viajeros que aún recrearon los paisajes mexicanos, así como su diversidad cultural.

A Waite, señala Hernández en su nota introductoria al poemario; le interesó capturar imágenes de la gente, dando por igual si fueran pobres o ricos, zapateros o toreros; pero –quizá- las fotos más atractivas para el poeta son las realizadas a las niñas mexicanas, ya que le ofrecen un vaso comunicante con el escritor Lewis Carroll y le sirven para edificar muchas de las metáforas eróticas que contiene este poemario.

Ante la inexistencia de alguna entrevista o una que otra nota, donde Waite compartiera su experiencia mexicana; Francisco Hernández decide crear un diario que sirva para capturar las posibles palabras que Waite escribiría.

Francisco Hernández en Diario sin fechas de Charles B. Waite demuestra una vez su gran capacidad poética al entregar un poemario donde pone -con gran atino- a dialogar a la poesía con la fotografía.

A través de este poemario, el lector conocerá las inquietudes y los motivos que llevaron a Waite a retratar ciertos lugares, así como las sensaciones y el erotismo que le provocó capturar la inocencia y la pureza de las niñas del México porfirista. Hernández logra darle voz a Waite y el lector sentirá que es el fotógrafo quien escribió esto.

Un poemario donde la gran metáfora es la existencia del Diario y donde Hernández tan sólo pareciera el investigador que rescató del olvido las palabras de Waite.

Francisco Hernández ha sido acreedor a diversos reconocimientos como el Premio Poesía de Aguascalientes (1982), el Premio Xavier Villaurrutia (1994), el Premio Mazatlán de Literatura (2009) y en el 2012 fue reconocido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura; ente otros. Hernández es uno de los pocos poetas, que sin necesidad de grupo o círculo de escritores ha logrado consolidarse con los años y demostrar que la poesía está más allá de posiciones políticas y/o culturales. De los pocos escritores que puede presumir que sus premios están respaldados por su poesía y no al revés.



[1] http://www.dimensionantropologica.inah.gob.mx/?p=4570

miércoles, octubre 30, 2013

Una fábula antidepresiva-(Sexenio-Puebla 14/10/13)

Nuevamente Sexto piso y CONACULTA unen esfuerzos para editar un libro más de la colección Sexto piso niños: Los insectos invisibles, escrito por Emiliano Monge e ilustrado por Adrián Pérez Acosta.

A lo largo de 47 páginas Monge cuenta la historia de tres amigos insectos: Hormiga Tigre, Ciempiés Tóxico y Escarabajo Carroñero quienes son presas de la apatía, la desidia y el aburrimiento; lo que les lleva a ser víctimas de la depresión. Viven en automático, aborrecen la escuela, el juego, la lectura e incluso ir al baño. Tres amigos cuyo mayor anhelo de vida es pasar los días acostados viendo el tiempo pasar y sin emitir alguna idea o pensamiento. Sin embargo, todo cambiará para ellos cuando hace su aparición el Sapo Verrugoso, que ve a este trío de amigos como presa fácil. Fortuitamente sólo permanecerá con vida Hormiga Tigre; empero la sobrevivencia no le ayudará a comprender: que vida sólo hay una y seguirá vagando hasta ser condenada a descender al octavo círculo del infierno: el círculo vicioso; donde caen todos aquellos que deciden entregarse a la indolencia, el abandono, la inercia, el descuido y la desgana entre otras malas posturas ante la vida. Frente a este escenario, Hormiga Tigre recupera las ganas por vivir y encuentra las fuerzas para salir de ese octavo círculo del infierno e incluso impulsar a los demás insectos que ahí penan por sus malas decisiones. A partir de aquí Hormiga Tigre se volverá un ejemplo a seguir para los demás y el líder que les enseñara a tener una actitud positiva ante la vida.

Los insectos invisibles de Monge es una historia que logra conjuntar un lenguaje propio de los niños, pero también de los adolescentes y maneja con maestría dos temas importantes en estos días: la depresión y el asunto de los “ninis”.  El manejo de colores en cada una de las situaciones refuerza el contenido del relato.

Una suerte de fábula contemporánea que pretende transmitirles a los niños y jóvenes de México que ante la adversidad siempre está por encima la actitud que uno pueda tener y que entregarse a la desidia, la inercia puede llevarlos a convertirse en seres invisibles, muertos en vida; y en el peor de los casos a ser presas de la depresión.


Un libro altamente recomendable para toda la familia y las edades.

martes, octubre 15, 2013

Uno de Whiskey para llevar-(Sexenio-Puebla 03/09/13)

Hay novelas que sirven para demostrar un derroche de técnica literaria, otras para graduarse como aprendiz de alguna tradición literaria o de un escritor determinado y algunas más ofrecen una historia que atrapa y/o entretiene al lector. Las mejores, sin duda, son las últimas.

César Silva Marquez ha publicado recientemente en Almadía su novela Juárez Whiskey. Una novela que abandona las falsas pretensiones y se dedica a contar  la historia de Carlos, un ingeniero de treinta años.

Carlos vive en medio de una ciudad donde los descabezados, los desaparecidos y la guerra contra el narcotráfico son el pan de cada día. Sin embargo, Silva Marquez abandona la posibilidad de centrar su historia en el narco y sus consecuencias, para recordar al lector que en medio de la violencia siguen existiendo las historias de personas que intentan sobrevivir a sus infiernos particulares.

Los infiernos de Carlos son amorosos y llevan el nombre de: Belinda quien encarna la derrota amorosa y el tormento de ser su “mejor amiga”, Angélica le rememora que la posibilidad que te dejen por otro es real, Blanca es la típica mujer bipolar y contradictoria; mientras que Gabriela Torres es la única mujer con la cual siente una gran atracción, pues comparten una cierta afición por la literatura, empero es su dentista y nunca sale con sus pacientes. En medio de todas estas historias, está el complejo asunto que significa sobrevivir el día a día: conservar un trabajo no del todo satisfactorio, soportar un dolor de muela extremo, salir a la calle con el riesgo a ser asaltado, secuestrado o convertirse en un daño colateral y aceptar que su vida ha cambiado a partir de un accidente automovilístico donde atropelló a un citadino.

Silva Marquez acierta en tres cosas: la brevedad de la historia; el tono narrativo, casi poético, pues eso le da la hilaridad necesaria para que la historia fluya; y la fortaleza que le da a Carlos, al igual que la jerarquización otorgada a las mujeres de Carlos, donde importa la única que es nombrada con todo y apellido. Su único error consiste en la forma extraña en que Carlos logra salir avante del aquél accidente.


Juárez Whiskey le recuerda al lector que cuando la rutina secuestra la vida, ya nada es capaz de sorprendernos y se corre el riesgo de acostumbrarse –incluso- a las malas noticias. Sin embargo, la vida global está supeditada a los infiernos personales y mientras uno no sea capaz de encontrar el camino, será dependiente a los otros y las circunstancias. 

miércoles, septiembre 04, 2013

Manual práctico del español y poético de Hiriart-(Sexenio-Puebla 21/08/13)

Recientemente Tusquets ha reeditado -en su colección Fábula-, Cómo leer y escribir poesía de Hugo Hiriart, que bien podría llamarse Manual poético para aprender hablar y escribir español.

A lo largo de 130 páginas, Hiriart se dirige a un lector aprendiz ya del español, ya de la poesía con el afán de que el primero aprenda español de una forma más didáctica y el segundo aborde el arte de escribir poesía de manera más juguetona.

Con precisión y brevedad, Hiriart enseña a manejar las estructuras básicas de la poesía, el manejo de sinónimos, la comprensión de sujeto y predicado, el uso de la metáfora; entre otras cosas.

Incluso propone estrategias creativas para lograr escribir los primeros poemas, que bien podrían ahorrarle al lector la inscripción a un taller de poesía.

No hay mejor forma de encontrar la voz propia que la intimidad del cuarto propio. A veces, los talleres literarios acaban con la voz poética en pos de un estilo que está de moda o propio de alguna escuela o grupo literario.

Un libro que para iniciados puede ser muy atractivo y práctico, para lectores y estudiantes de letras es una forma light de comprender las estructuras poéticas, mientras que para lectores más avanzados puede convertirse en un libro insípido; sobre todo si están acostumbrados a leer a un Hiriart del tipo El arte de perdurar.


Empero, creo, es un libro que todo docente de letras debe tener para que encuentre las claves de la didáctica literaria que sí posee Hiriart.

jueves, agosto 22, 2013

Una novela árida-(Sexenio-Puebla 16/07/13)

Muchas veces se ha repetido –hablando de literatura- que ya todo está dicho. No hay nada nuevo que contar, afirman. Que la innovación vendrá en el cómo se cuenta una historia, difícilmente en el qué. Sin embargo, hay novelas capaces de tumbar cualquier afirmación o teoría.
El cielo árido (ganadora del XXVIII Premio Jaén de Novela) de Emiliano Monge es una de esas novelas que vienen a recordarnos que aún faltan muchos qué y demasiados cómo por descubrir.

El cielo árido cuenta la vida de Germán Alcántara Carnero, quien a lo largo de la novela se llamará: Nuestrombre, Quienasciende, Elquetiembla, etc. Nombres que aparecerán  según el momento que se esté contando, nombres que servirán para darle fuerza a los hechos que marcaron y cambiaron para siempre a Germán Alcántara Carnero. También es la historia de la Meseta Madre Buena y de cada uno de los co-protagonistas de la historia: Will David Glover, Anne Lucretius Ford, Camilo Mónico el Demónico Macías Osorio, entre otros. Todos ellos son mártires de las decisiones de Germán Alcántara Carnero, quien a su vez es víctima de  la soledad, el rencor, el odio y de un pasado que constantemente lo persigue para recordarle quién es y de dónde proviene, donde la lealtad –quizá- es lo único que une a Germán Alcántara con el mundo. La historia de Germán Alcántara Carnero ha sido fragmentada, pues no importa el todo, sino los múltiples por qué de la vida del protagonista de la historia, como son: el nacimiento de su primogénito enfermo, la desaparición de su hermana, el enfrentamiento con su padre, el encañonarse asimismo un arma, el soportar ver cómo sus perros mueren quemados o el contemplar el asesinato de un hombre.

El cielo árido es la historia de un ser común y corriente que actúa según sus entrañas se lo piden.

El cielo árido de Monge es una novela que convive con varias tradiciones o escuelas literarias. La fragmentación de la historia guarda un diálogo muy cercano con Faulkner y su ¡Absalón, Absalón!; el humor y el trato de los personajes remiten al querido Daniel Sada y sus paisajes; y los personajes, casi fantasmales podría asegurar que son herencia directa de Rulfo.

El cielo árido es una novela compleja, donde el lector puede quedar atrapado por la historia o ser botado por su estructura y estilo narrativo.

Una novela que refresca el mapa literario de México y demuestra que las “nuevas generaciones” están apostando por una mezcla entre la tradición y lo contemporáneo.

miércoles, julio 17, 2013

El lado maldito de la hermandad-(Sexenio-Puebla 10/06/13)

Ignacio Padilla –una de las voces más reconocidas de la generación del Crack- publicó, recientemente, bajo el sello editorial Páginas de espuma: Los reflejos y la escarcha; tercera entrega cuentística de la serie Micropedia (Las antípodas y el siglo, y El androide y las quimeras).

A Padilla, desde hace 15 años, le ha preocupado la falta de una verdadera unidad temática a la hora de publicar un libro de cuentos. Los libros que se han editado sobre este género literario, en su mayoría, son un tipo de antología o una reunión de cuentos sin ton ni son. Pocos son los libros que gozan de un verdadero vaso comunicante.

En Los reflejos y la escarcha, Padilla recurre a las figuras de la hermandad, cofradía o camaradería para retratar la parte oscura, malvada y fratricida que conlleva tener un hermano por naturaleza o elección personal.

Aquí todo cabe, no hay tema imposible para Padilla. Desde la pasión -casi diocesana- que genera en un poblado la existencia de un pollo sin cabeza que anda de gira por diversos pueblos y por un descuido de sus amos mure intempestivamente; hasta la historia de cómo un siamés hace todo lo posible por deshacerse de su hermano. La alegría y tristeza que una hermana siente al encontrar –muchos años después- a su hermano, quien ha sobrevivido gracias a una máquina y hace todo lo posible por re-educarlo, pues su proceder es lo más semejante a un robot. Hermanos que se relacionan sexualmente, familias dónde el negocio obligará a que se maten entre sí y la historia fundacional de una ciudad que está llena de misteriosas muertes y triunfos dudosos. Historias que son contadas con una narrativa fina. Relatos que contienen un humor que va de lo cruel a lo absurdo, sin dejar de un lado la ironía; Padilla reúne doce cuentos que atrapan, entretienen y hasta logran causar un cierto tipo de repulsión.

No toda hermandad o amistad es positiva, a veces hay un lado maldito que terminará por enterrar los buenos momentos; impresiones que el lector podría llevarse al leer esto cuentos.

Los reflejos y la escarcha es un libro breve, certero y que deja con ganas de leer la cuarta entrega.


Ignacio Padilla es el cuentista mexicano más españolizado en su escritura y viceversa. Lo que facilita su acceso en el mercado español, porque a pesar de la gran calidad narrativa que inunda al continente americano; aún –en algunos casos- es necesario ser impulsado desde España para cubrir mayor mercado editorial.

Tijuana de día (Diario Milenio/Opinión 16/07/13)

Sus noches son legendarias, eso se sabe. Pero me gustan sus mañanas: nerviosas, apresuradas, hay que llegar a tiempo a la línea. Un café bien negro. Pero me gusta la vida de todos los que se quedan. De todos los que nos quedamos. La vida de todos los que llegaron para quedarse, los que pensaron que sus gustos, sus idiosincrasias, sus costumbres, serían bien recibidas aquí. Todos nosotros. Los que no cabíamos en ningún otro lado, cabemos aquí, faltaba más. Lo que asusta o alarma a los de otras áreas del país, aquí es más o menos normal, cosa de todos los días. Me gustan sus buenos días y, luego de un rato, sus buenas tardes. El hecho de que puedo robar hinojo en sus calles, y girasoles silvestres (pero no se lo digan a nadie). Pagar en pesos o en dólares. Hablar español o inglés. Me gusta que, en contraste con lo que ocurre en gran parte de la provincia mexicana, y ni qué decir del DF, aquí nadie se espanta de nada. Lo que seas, está bien aquí. Tijuana está lista para eso y más. Me gusta su playa, claro, donde he caminado tantas veces a horas que sería difícil relatar y menos explicar. Aquí, donde todos somos sospechosos, ninguno somos causa de sospecha. Los que no teníamos un lugar entre ustedes, los que me leen fuera de Tijuana, finalmente estamos en casa aquí. Mi cara, mi acento, mi rara incomodidad ante las cosas, cabe, le va bien al asomo de las cosas aquí, en este lugar que se llama Tijuana. No ser normal, está bien. Pedir demasiado. Soñar demasiado. Quererlo todo y todo a la vez, creo que de eso también va Tijuana. No sé, la verdad, qué hacen en otro lado.
UNAS ESTAMPAS, PARA VER:
I. Al amanecer, ya cuando se fueron los últimos seres nocturnos, la Revo es ese mítico paisaje después de la batalla. La Cahuila. La Sexta. Algo borroso o gris. El viento que arrastra minucias. Una especie de Neo-Comala, a juzgar por los murmullos. Hay una apenas luz bajo la cual una extraña soledad, una soledad de ropas diluidas y pesados miembros, se entretiene pateando bolsas de plástico sobre las aceras. Nadie canta.
II. Ahí cerquita, bajando por la Juárez y casi sin tocar la vía rápida, las colas de autos en espera de cruzar al otro lado son las mismas. A eso también se le llama la Línea Exponencial. A cualquier hora, sin menoscabo alguno por horarios de invierno o de verano. Una constatación del infinito. Una imagen de la incesante repetición. Lo que pienso: Dios existe, o debería. El calor aumenta: los motores encendidos, el uso del clutch. Aquí siempre es la hora de los espejismos.
III. El coche parece deportivo, pero no lo es. Un buen trabajo de pintura, algo que ver con la afinación. Aquí se simula. El brazo montado sobre la puerta, el codo por fuera: ese tipo de postura. Una cadena de oro. Un cigarro encendido. Los lentes: oscuros. La música a todo volumen, en inglés. Acaso por eso me extraña que el muchacho que maneja haga tanta alharaca para llamar a la anciana que, parada en la esquina, vende chicles. Un rectángulo apenas en sus manos agrietadas. Algo casi vacío. Se aproxima: cabellos grises, blusa desabotonada, boca sin dientes. El hombre le sonríe mientras toma la mercancía.
—Pero deme su bendición, jefita —le pide antes de colocar algunas monedas sobre su palma abierta. Ya con ellas en la palma cerrada, la anciana extiende el brazo derecho y, con los dedos en cruz, marca la frente, las sienes y, al final, los labios. Lentamente. La sonrisa chimuela. El semáforo en verde. Algo que se desvanece.
IV. Es el restaurante donde la Tijuana-de-Alcurnia celebra sus cumpleaños. Dos por visita, al menos. Con frecuencia tres. Recomiendo el atún local sellado con ajonjolí, la lonja de pez espada de las costas de Baja California. Todas y cada una de sus ensaladas. Por sobre todas las cosas recomiendo su carta de vinos: un homenaje a las vitivinícolas del Guadalupe, un valle enclavado entre lomas áridas salpicadas de rocas extraterrestres por donde alguna vez pudo haberse extraviado un mudo. Recomiendo, ya en plano de la más absoluta honestidad, el Jardín Secreto, una botella de la casa Adobe —donde se combinan los sabores de las uvas cabernet y grenache— firmada por el enólogo Hugo D´Acosta (el mismo, en efecto, de los vinos Casa de Piedra). Un expreso cortado, después. El de chocolate. Al salir, todavía con los ecos del último happy-birthday en la cabeza, no es posible dejar de ver la obra reciente de Jaime Ruiz Otis sobre las paredes del bar —retazos de maquila, viejos destellos dorados, el mundo de más allá.
V. Lo bueno de Tijuana es que, cuando todo se acaba, uno puede darse el lujo de ser literal. Ahí está siempre el mar, el mar al que he llamado, por puro cariño y de manera por demás errónea, el Mar-del-Norte. ¿Ha estado usted ahí alguna vez? Me gusta cuando es mercurial. Me gustan las familias que se extienden, ruidosas, en movimiento, pura energía, sobre la arena. Los niños. Los partidos de futbol que congregan. Me gustan los elotes con sal y limón o con queso y chile; los tostilocos; los vasos de frutas. Un clamato preparado, dicen. Me gusta verlo de lejos, en paz. Gris sobre gris. El delfín de rigor. Un horizonte más presentido que real. Es la orilla de la orilla. Es el fin. El monumento lo expresa, litoralmente y en pura piedra, límite de la República Mexicana. Es, bien visto, el principio. Yo ya no vivo aquí (dixit). Y regreso. Y vivo aquí. Sí. Siempre.

La miseria billonaria (Diario Milenio/Opinión 15/07/13)

Casi todos tenemos una idea de lo que haríamos con diez millones de dólares, lo que aún no imaginamos es la clase de plancton infeliz en que terminaríamos convertidos si es que tal dineral nos cae de sopetón. Cierto es que las fortunas de ese pelo suelen ser suficientes para camuflar las desventuras menos decorativas, tanto como inocente es el consuelo de quien se ve misérrimo-y-dichoso, pero de ahí a creer en cuentos de hadas media un trecho insalvable para la fantasía. Nada nos garantiza que el dinero en exceso sirva para otra suerte de autoayuda que relajar las ansias, cubrir las apariencias e imantar a una corte de lambiches baratos y onerosos.
“Cualquiera que tenga diez millones de dólares puede vivir como si fuera rico”, disparó alguna vez cierto magnate agudo y afrentoso, con ese menosprecio destinado a escocer la delicada piel del nuevo rico. Pues la verdad del caso es que las verdaderas fortunas incitan a los pobres a sentirse insultados y a los acomodados a creerse miserables, si bien ninguna alcanza para hacerles mirar hacia otro lado. Aunque cada cual mira lo que puede, que para el caso no suele ser mucho pues los ricos auténticos viven perfectamente amurallados. Y eso tal vez explique el éxito rotundo de las revistas posh entre la clase media soñadora, así como la gracia envenenada que de pronto nos hacen los precios y caprichos propios de la estratósfera social: territorio de Disney al que sólo un pelmazo se atrevería a envidiar. Nada más sano, al fin, que carcajearse a costa de, digamos, unpenthouse de veinte millones de dólares.
Crazy Rich Asians, se titula el bestseller entre rosa y satírico que está haciendo caer incontables quijadas de Oriente para acá. Una novela que sería totalmente inverosímil si su autor, el primerizo Kevin Kwan, no se hubiera esmerado en omitir los excesos mayores de sus protagonistas en la vida real: unos ricos en tal medida escandalosos que dejan a los viejos potentados en papel de paupérrimos pudientes, allí donde el dinero es objeto de culto cotidiano y fanático y cualquiera que tenga menos de un millar de millones de dólares no merece otro trato que el de menesteroso. Quien intenta narrar la vida real a tamañas alturas de la pirámide incursiona por fuerza en la literatura fantástica.
Los multimillonarios de Kevin Kwan —“billonarios” en la cultura anglosajona, donde el billón se alcanza con tres ceros menos— son en su mayoría chinos afincados en Singapur, habituados a estándares de vida que oscilan entre el esnobismo desatado y la megalomanía delirante. Pueblerinos del mundo, se mueven de Shanghái a Nueva York y de París a Sídney como quien va del club a la oficina, entre largas carrozas y aviones con jacuzzi, armados de los gadgetsesenciales para jamás perder contacto con la pequeña tribu que los une y enfrenta: un pueblajo globero, a fin de cuentas, de cuyos cuchicheos son a la vez rehenes y auditorio, y al cual están atados de por vida. ¿Y qué mejor consuelo pueden darse la clase media alta, la alta baja y al cabo todo aquel indigente virtual que no llegue a los mil millones de dólares, sino compadecer sinceramente a cada uno de esos falsos ganadores, súbditos oficiosos de la tiranía de las apariencias?
Ignoro qué deleites invaluables aguardan al magnate ávido de botarse decenas de millones de papeles verdes en una sola boda faraónica, y tampoco sabría calcular qué tantos negociazos pueden originarse a partir del sonoro despilfarro, pero igual que legiones de morbosos atónitos me dejo boquiabrir por detalles sutiles y quizá cicateros —habidos los niveles imperantes— como el 747 fletado especialmente para transportar decenas de miles de las rosas más caras del mundo entre Londres y la Península Malaya: no sea que desmerezca el casorio.
“El chiste no es ser rico, sino ser delicioso”, escuché alguna vez decir a un hombre sabio, pero los personajes de Kevin Kwan son inmunes a tales chabacanerías. Han venido a este mundo con la misión suprema de llevar el mal gusto a niveles que insultan no tanto a la pobreza como a la inteligencia. Nadie como ellos da peso y sentido a la idea del dinero gaznápiro: decimos que alguien es imbécilmente rico cuando no nos alcanza la imaginación para pensar qué haríamos con tamaño caudal, como no fuera perder la razón y dedicar el resto de la vida a tratar de comprarla a precios de locura. ¿Pues para qué, si no, sirve tener tu propia corte de lambiches? ¿Quién, sino un cortesano servicial, te evitaría la pena de advertir que la miseria extrema no es monopolio de los andrajosos? ¿Quién pudiera poseer no más que diez millones de proletarios dólares, como cualquier pelado inexistente?

miércoles, junio 12, 2013

Las sirenas disecadas (Diario Milenio/Opinión 11/06/13)

La presencia constante de sirenas en la iconografía popular y muchas de las leyendas que recorren las tierras altas de la zona central de México puede causar sorpresa, cuando no franco estupor. No es del todo fácil o lógico, después de todo, imaginar a estos seres prodigiosos lejos del mar, en un paisaje dominado por montañas y bosques, arados y surcos. Pero aún así, en efecto, hay sirenas y sirenos por todos lados. ¿Qué hace, por ejemplo, una pareja de ellos viviendo en aparente armonía en las gélidas aguas de las lagunas del Sol y de la Luna en el cráter de un volcán? ¿Por qué continúa apareciendo tras la neblina esa temible Tlanchana, mitad mujer y mitad serpiente oscura, si sólo se lleva a hombres jóvenes a su abismo de agua? ¿Cómo es que, habiendo matado a un sireno de manera despiadada, éste amenaza con regresar una y otra vez y otra más?
El pasado lacustre de la región, siendo inmemorial, parece perdido ya para siempre. En efecto, el Nevado de Toluca ha sido un espacio ritual y sagrado desde, al menos, el siglo XV y XVI. Hasta su cima, dominada por dos lagunas que los lugareños no dudan en describir como “dos ojos del mar”, han llegado sacerdotes y visionarios, peregrinaciones y creyentes por igual. Cada uno de ellos ha dejado su huella: las enormes ofrendas de copal o los picos de maguey que, poco a poco, han sido descubiertas e investigadas por equipos de arqueología subacuática de la UNAM. Los bastones de mando, muchos con formas que asemejan el rayo o el relámpago, también abundan en el lugar. Para los antiguos y actuales habitantes de estas regiones, las montañas siguen siendo enormes “vasos de agua” que, gracias al poder del rayo, y socorridos a menudo por la intercesión de graniceros, vierten su líquido preciado sobre los campos de cultivo y las comarcas aledañas. En sociedades rurales, cuya sobrevivencia física y espiritual depende sobre todo de la cosecha de maíz, esta no ha sido ni es una cuestión menor.
Para muchos habitantes de las tierras altas no es difícil pensar que existió y existe, en efecto, una red de arroyos y ríos subterráneos que, partiendo de las cimas del volcán, se conectan con, y eventualmente desembocan en, mares y océanos distantes. El pasado lacustre del valle, sin embargo, es algo más que un producto de la imaginación. A lo largo del siglo XX, y hasta la fatídica fecha del 23 de junio de 1950, la vida cotidiana y laboral del valle estuvo dominado por tres grandes lagunas, la de Chignahuapan, la de Chimaliapan, y la de Chiconahuapan. Los residentes de los pueblos ribereños en los municipios de Ocoyoacac y Tultepec hasta Almoloya, Atizapán, Texcalyacac eran, sobre todo, pescadores o tuleros que se alimentaban de truchas, ranas, acociles. Todo eso desapareció, y no en un pasado remoto o en un fecha anónima. Todo eso desapareció el mismo día que se echaron a andar las obras hidráulicas que entubaron las aguas del río Lerma para satisfacer las necesidades de los habitantes de la Ciudad de México. Una noche de tormenta, gracias a las actividades de unos ingenieros que dinamitaron la laguna, “se perdió el río para siempre”. Eso se recuerda. Cuando se disecó la laguna, cuando la ciénega se convirtió en pantano, entonces las leyendas de las sirenas vengativas y amenazantes sirenos retomaron mayor fuerza en la región.
A inicios del XXI, los investigadores José Antonio Trejo Sánchez y Gerardo Arriaga llevaron a cabo una serie de entrevistas entre los ex-ribereños del valle de Toluca. En “Memoria colectiva: vida lacustre y reserva simbólica en el valle de Toluca, Estado de México”, incluyen las palabras de Atanasio Serrano: “En el año de mil novecientos cincuenta, por el mes de junio, un jueves de Corpus, el río se perdió para siempre. Decían las gentes que vivían cerca de la orilla de la laguna que una noche después de un aguacero con muchos rayos escucharon un ruido, como si la tierra chupara algo, y aseguraron que en ese momento los ingenieros probaban la capacidad de las bombas, instaladas en “El Cero”. Al día siguiente puro lodo se veía en el lecho del lago, tiempo después, los lirios y tulares, se fueron marchitando, y miles de especies acuáticas quedaron sepultadas en el fango del pantano. Nada quedaba de las aguas que daban vida al famoso río Lerma”.
De entre los relatos, destaca el de la Atl-Anchane o “Sirena de la laguna” en palabras de Cerón Hernández: “Fue ese tío, un señor ya grande, como de ochenta años, quien me lo platicó todo./ ¿Oiga, tío y qué llora alguien en Agua blanca?/
Sí hijo, sí llora. ¿Sabes por qué? Porque mataron al sireno, al marido de la sirena./ ¿Cómo lo mataron?/ Sí, mira había mucha sangre, como de dos metros de radio en el agua./ ¡Ay, tío!/ Y no lo encontramos./ Y bueno, ¿qué le pasó?/ Pues esa señorita se lo llevó abajo, porque allí estaba un ojo de agua bien hondo, yo creo que como de aquí de esta esquina hasta San Sebastián; así de hondo para abajo./ Pues de noche y a la mañana siguiente, ya no hubo pescado señor. Había pero muy poquito, ya ni sirenas ni nada. Se acabó. ¿Qué le pasó? Solo Dios sabe./ Ya después vinieron las obras del agua [...]”.

Fey: entre la alegría y el recuerdo-(Sexenio-Puebla 03/06/13)


I
Corría el año de 1997 y cursaba el sexto de primaria. La Feria de Puebla anunciaba la presencia de Fey en Puebla.
Moría por ir y acabé llevando a mi primo Manolo Bonilla (tenía 8 años, en ese entonces). Un teatro al aire libre, ubicado en el parque Rafaela Padilla, funcionaba como el Teatro del Pueblo; en una de las entradas nos encontraríamos con otros primos míos. Nunca dimos con ellos. Así que mi primo y yo nos formamos para lograr entrar. Con ayuda de otras personas y un poco de astucia, logramos ingresar al foro sin pena y con mucha gloria. El concierto que daría Fey era parte del tour Tierna la noche. Fue grandioso, lo disfrutamos. Al salir, nos encontramos a nuestros respectivos padres con cara de espantados, habían escuchado en la radio que la entrada al concierto estuvo llena de accidentados y como buenos padres pensaron lo peor. Para su tranquilidad estábamos intactos y felices.
Fue un concierto que marcó mi vida.
Fey fue mi primera novia “platónica”, compré todas las revistas en las que llegó a salir como portada, incluso el champú que sacó a la venta. Objetos que aún guardo con mucho cariño. Recuerdo como me daba envidia el niño que salía con ella en el video de Gatos en el balcón.
Fey también fue un buen pretexto para cimentar mi amistad con Ingo Escutia Kobe, un amigo de esos que dan color y sentido a la vida.
Fey llegó para quedarse en mi vida.

II
Han transcurrido dieciséis años de aquél concierto y Fey –después de haber experimentado con la electrónica- regresa a sus raíces poperas y con la gira Todo lo que soy anda promoviendo su más reciente producción: Primera fila, que es una reinterpretación de aquellas canciones que marcaron a una generación entera.
Desde que me enteré que venía a Puebla, busqué contactar a su manager para lograr entrevistar a Fey. Obtuve sus datos, escribí por lo menos 3 correos, 15 tuits y sigo esperando una respuesta. Me desanimé. De una u otra forma, las ganas de ir a verla se extinguían. Me sentí rechazado, ja.
Ingo Escutia Kobe subía a sus redes sociales que iría al concierto, presumía los boletos. Desilusionado, le dije que no iría. Su asombro ante mi ausencia a tal concierto fue el incentivo que necesitaba para animarme a ir.
Una amiga: Montse Báez, sería la compañía. Le gustaba Fey y sus días no han sido lo mejor. Quería darle un motivo para volver a sonreír, aunque fuese un poco sencillo.
El auditorio del Complejo Universitario-BUAP era el lugar. El público asistente que podía verse oscilaba entre los 40 y 25 años de edad. Todos íbamos a recordar viejos tiempos. Un aire de nostalgia se respiraba en los pasillos. Ahí me encontré a la amiga y maestra: la Dr. Alicia Ramírez, a Zeus Munive y Arturo Rueda. Previamente me había quedado de ver con Ingo en el bar del auditorio, sin embargo la lluvia impidió que llegáramos a tiempo. Nos encontraríamos al final. Empero, un reencuentro no tiene sabor si no está lleno de coincidencias. Minutos antes de que Fey saliera al escenario, una mano toca mi hombro y al voltear me percato que Ingo estaba sentado en la fila de atrás, nos separaban tan sólo los asientos. Grata sorpresa.
Fey cantó por hora y media. Media Naranja, Gatos en el balcón, Subidón, Me enamoro de ti, Azúcar amargo, Díselo con flores, Ni tu ni nadie, Te pertenezco, Canela, Tierna la noche, Cielo líquido, La noche se mueve, Muévelo, Desmargaritando el corazón y otras más fueron coreadas por todos los que asistimos. Fey fue toda entrega y nosotros como fans lo agradecimos. Muchos salimos maravillados con la calidad de escenario y de banda que Fey presentó, sin olvidar su voz. A Fey los años le han otorgado mayor calidad, como los vinos.
El retorno de Fey a Puebla será otro gran recuerdo que estoy seguro conservaré en mi memoria, tal y como recuerdo el acontecido hace 16 años.

Y sí, escribo esto con la esperanza de que Fey lo lea y venga a resarcir mi desilusión rota.

¿'Aló', maldito seas? (Diario Milenio/Opinión 10/06/13)

Está uno en su casa, no faltaba más. Y de que es un abuso, lo es. Además, no son horas de llamar; menos aún si se trata de un extraño. ¿Quién les dio el número, a ver? ¿Con qué derecho? Podría uno escribir un tratado al respecto, si ya ha dado sermones en todos los tonos, pero en el fondo sabe que esta guerra no va a poder ganarla. ¿Qué mejor prueba de ello que la impotencia cruda de quien explica, exige, implora, replica y termina insultando a las voces sin rostro que cobran un salario por importunarle?
No envidio su trabajo, y al contrario. Da grima imaginar los reclamos, desaires, injurias y blasfemias que con seguridad escuchan a toda hora los empleados de telemarketing. A saber si no sea por ese mismo hartazgo conformista y recóndito que sus voces tienden al sonsonete hueco y maquinal, cuando no a los chillidos del merolico. ¿Y no será también por causa del rechazo tan frecuente que hablan mal y deprisa, como si empaquetando más palabras en los pocos instantes disponibles pudieran evitar el colgón imperioso? ¿Cuánto pueden ganar, a juzgar por su poca elocuencia? Aunque tal vez “ganar” sea mucho decir. Hay quienes acostumbran cobrar en efectivo menos de lo que gastan en autoestima. Son algo así como héroes cotidianos, en tal medida anónimos que se les llama carne de cañón.
Sabemos que se trata de uno de ellos cuando menciona nuestro nombre completo, tras lo cual se presenta con una fórmula rauda y chocante que en vez de derretir un poco el hielo subraya su rampante impertinencia. Es decir, la de aquel abusivo irresponsable que le paga seguramente una miseria por acosar a tantos miles de prospectos que inclusive una mínima respuesta positiva resulta buen negocio. Quiere uno interrumpir el retintín mecánico del charlatán y es como detener una locomotora. Necesita seguir, desenrollar entero el mensaje de venta sin que le encuentren el botón de pausa. No es por cierto el autómata que imaginamos, si basta con sacarle de sus casillas para atisbar sus náuseas escondidas. Hay algunos sedientos de revancha que luego llaman tres y cuatro veces, sólo por demostrar el poder irritante de una línea imposible de rastrear.
Ignoro si les pagan según llamada o venta, pero es claro que cobran por dar la cara que otros ocultan. Son los esbirros pobres de un patrón abusivo que cada día los manda a recibir desdenes, repudios y vilipendios con la resignación de los condenados y la cachaza de los vagabundos. A juzgar por su escaso conocimiento de todo aquello ajeno al preciso mensaje del que son portadores, de poco o nada sirve intentar algo así como una explicación, y menos todavía una negociación. Si queremos salir de su base de datos y tenemos la suerte de que quieran tocar el espinoso tema, nos harán el favor de darnos algún número telefónico donde habrá quien dé curso a nuestra queja...
Especialmente ruin es el acoso de la compañía cuyos servicios uno ha contratado. Es decir que uno paga la renta del teléfono y ellos lo usan para hacer promoción, sin preguntar la opinión del usuario, o al menos darle opción de suscribirse o no a esos servicios nunca solicitados ni quizás bienvenidos. ¿Y uno con quien se queja? Con la pobre infeliz que le ha hecho responder a la llamada con la esperanza viva de escuchar una voz entrañable, y ahora debe aguantar la frustración de quien se cobra en ella la afrenta del sistema que la emplea como a un engrane más. ¿O es que ese plato de ajos y cebollas va a quitarle al sistema el apetito?
Cierto es que los neuróticos reciben un servicio excepcional. Sin más costo que el propio del berrinche, pueden hacer papilla a los telefonistas y derramar en ellos cuanto rencor, complejo, fracaso o desengaño los aqueje al momento de ser importunados. Y si pasa que aquella compañía a la que el que ha llamado representa se ha hecho de mala fama ante el usuario, ello será bastante para que el desahogo incluya retahílas de prédicas condenatorias ya no sólo a la misma compañía, sino al estado general de las cosas. Todo sin duda culpa del telefonista.
Es probable que parezcan más torpes de lo que son. La mula no era arisca, dicen. Tras no sé cuantas horas de cagotizas, tiende uno a contraerse y anquilosarse. Repetir cientos, miles y decenas de miles de veces la misma perorata, sin asomo del mínimo entusiasmo, tiene que ser al menos igual de enajenante. Esas cosas se notan, y se pegan. Por eso digo que detesto sus llamadas, aunque tal vez no menos de lo que ellos detestan su trabajo. Quién me dice que no detrás del sonsonete del robot se esconde el alarido de un alma en pena.

miércoles, junio 05, 2013

El amor verdadero (Diario Milenio/Opinión 04/06/12)

En el comienzo del amor que cuenta Un hombre enamorado, del autor noruego Karl Ove Knausgaard, hay una cara marcada. Karl Ove se ha enamorado de Linda en una conferencia de escritores y, después de recibir su negativa, éste, absolutamente ebrio, regresa a su habitación donde, a la manera de las adolescentes autodestructivas, procede a marcase la cara con un vidrio. A la mañana siguiente, cuando frente al espejo se da cuenta de lo que ha hecho, Karl Ove se avergüenza profundamente de sus actos, pero no se esconde. Ebrio aún, Karl Ove sale de su habitación, cruza los jardines y, marcado ya, se muestra.
“Y ahí estaba toda la gente. Ellos podrían ver la ignominia. Yo no la podría esconder. Todo el mundo podría ver. Yo estaba ya marcado. Yo me había marcado a mí mismo”. (Vol.2, pág. 195).
Su exposición, la transformación de su estado interior en uno exterior, de lo privado en público, de lo íntimo en social, no es, sin embargo, un acto de desfachatez, y ni siquiera de valentía.
“Me disculpo por esto, dije. Lo siento”. (Vol.2, pág. 195).
Su exposición, todo parece indicarlo así, es un acto inevitable.
La pregunta con la que cierra la descripción de ese primer encuentro con Linda no es una pregunta retórica de ningún modo. La escena da inicio de la siguiente manera: “Silencio total. Me mostré tal y como era, y sólo hubo silencio”. La pregunta es “¿Cómo podría sobrevivir a eso?”, (Vol.2, pág. 195). Cualquier lector podría sentirse con la tentación de contestarla de inmediato. Escribiendo, claro está. Escribiendo con todo detalle la escena misma, así es cómo se sobrevive a eso. Y acaso ese sea el trasfondo de esta segunda entrega de Mi lucha, la serie autobiográfica que tanto ha escandalizado a la sociedad noruega.
Pocas veces el amor ha sido tan aterrador como el de este hombre que, no por estar profundamente enamorado, o tal vez precisamente por estarlo, deja de lado su inmisericorde poder de observación. Porque su afán no es contar una ficción, ni siquiera una historia propiamente dicha, sino “aproximarse al núcleo de la vida”, la escritura de su amor pronto se aparta de los relatos estereotipados del amor loco, propios de tantos libros del siglo XX, pero también de los más sesudos tratados que, como el de Alan Badiou, han hecho elogios más bien abstractos del amor largo, comprometido, maduro. Apegada a los cuerpos y los objetos, sin apartarse un segundo de aquello que observa, pero sin preocuparse hacia dónde se dirige o qué confirma, la descripción Kausgaardiana logra tocar eso que significa amarse a inicios del siglo XXI en un contexto urbano de la clase media intelectual. La historia, es menester advertirlo, no es bella. Es poderosa, en efecto, pero no bella a la manera de los cuentos con los que se arrulla a los niños. A la manera, es decir, de la ficción. Los protagonistas de este amor y de esta verdad, Karl Ove y Linda, no “fueron felices para siempre” pero fueron felices, sí, a veces, de manera tentativa e intermitente, con frecuencia sin proponérselo o sin saberlo o, francamente, en contra de sí mismos.
Por algo el libro no inicia con el vertiginoso éxtasis, mental y físico, de dos que se encuentran por primera vez sino con una pareja cansada que, con bastante irritación, lleva a tres hijos pequeños a un parque de diversiones. “La gente que no tiene hijos casi nunca entiende lo que esto implica, no importa lo maduro o lo inteligente que pueda ser”, asegura Karl Ove mientras acomodan un asiento en la parte trasera del auto y abrochan cinturones de seguridad y avanzan entre gritos y demandas que, a menudo, no pueden atender. Bajo el sol inclemente, tratando de repartirse un trabajo que parece abrumador, tanto Karl Ove como Linda tiene poco de pareja romántica. La situación vuelve a repetirse, acaso a agrandarse, cuando Karl Ove tiene que llevar a la hija mayor a una fiesta de cumpleaños. Retratada en acuciosa precisión, la reunión parece más una sesión de tortura que una ocasión para la relajación o el festejo. ¿Quién en su sano juicio querría vivir algo así?
Para contestar esa pregunta, o para abordarla al menos, es que Knausgaard regresa al momento en que dos, encontrándose la mirada, se reconocen como propios. El momento en que dos deciden que es todo o nada. Aquí. Para eso, una vez más, Karl Ove tendrá que avanzar a tientas por tramos de la experiencia que él mismo ha delineado con anterioridad, pero que se ha saltado, creando así una especie de repetición interna que contribuye a configurar la estructura resbaladiza, casi sonora, del proyecto total de la autobiografía. En algún momento, mientras relataba la muerte del padre, había mencionado ya la manera en que había dejado Noruega, y a su pareja, atrás. Cómo había tomado una decisión desesperada para salvar lo que en ese momento le parecía su vida. Una última oportunidad. Pero no es sino ahora, en el volumen de la biografía dedicada al amor, a las tribulaciones del hombre enamorado, que Knausgaard se adentra en lo que había sido apenas un motivo con anterioridad.
Ahí está, pues, el regreso a su casa de hombre casado en Noruega después de la conferencia donde conoció a Linda, su creciente frustración con una vida aparentemente sin rumbo, su primer libro. Está también, la depresión de Linda, su intento de suicidio, los erráticos intentos que ella hace por comunicarse, de entre todos sus conocidos, con Karl Ove durante su proceso de recuperación. Y, luego, el drástico cambio de residencia, de Noruega a Suecia, sin apenas un estado de alerta, de un día para otro. El re-encuentro, a todas luces azaroso, con Linda. En la carta de amor que Karl Ove le escribe a Linda cuando ésta finalmente ha dado señas de estar interesada en él, declara “tiene que ser todo o nada, tienes que estar tan en llamas como lo estoy yo”. Pronto, sus vidas cambian, en efecto, “no como si hubieran sido afectadas por un viento pasajero, sino fundamentalmente”. De ahí los hijos, esos tres pequeños que torturan a la pareja.
Fiel al principio narrativo que ha puesto en marcha desde el primer volumen de la autobiografía, Knausgaard no le escatima nada al lector de esta historia de amor. La mirada knausgaardina se detiene con singular eficacia en los aspectos más materiales de la vida en común: el trabajo doméstico, por ejemplo, la división de tareas y de tiempos en el ámbito privado, las disputas sobre el tiempo libre, las relaciones entre las actividades hogareñas y el trabajo asalariado. En efecto, gran parte de esta historia de amor se ocupa de las labores de la compra y preparación de alimentos, el lavado de la ropa, la limpieza de la cocina y la recámara, la atención puntual de los hijos. Quién hace qué y por cuánto tiempo es, tal vez, la discusión más frecuente entre estos amantes que, a menudo exhaustos, si no es que francamente irritados, se apresuran a defender con uñas y dientes el poco tiempo libre del que disponen.

martes, junio 04, 2013

Teo, una fábula musical y poética-(Sexenio-Puebla 27/05/13)

Escribir para niños es toda una hazaña.

Editar un libro para niños que mezcle a la perfección dibujo e historia, en otras palabras que sea una auténtica obra de arte; es digno de ser aplaudido.

Teo y la nota azul cuenta la historia de un gato que anhela dos cosas: alcanzar la luna y tocar  como los jazzistas que tanto admira, pero de su saxofón no sale más que una triste nota azul. Una noche descubre que en el jardín de su casa, se encuentra una nave misteriosa de donde sale la música que tanto le gusta; al entrar contempla -con asombro- un cuarto adornado con las imágenes de sus jazzistas preferidos y una rockola. De pronto, la nave es impulsada mágicamente por su música y transporta a Teo a la luna, ahí encuentra un lugar en el que otros amantes del jazz están ensayando, dichos jazzistas tocan las notas roja, verde, amarilla, naranja, café, rosa y morada; sin embargo sienten un vacío, como si algo les faltara. Es aquí donde Teo hace su aparición y les muestra el dominio magistral que tiene de la nota azul. Juntos logran dar vida a una de las mejores canciones, mientras emprenden el regreso a casa de Teo, al finalizar le prometieron encontrarse la próxima luna llena.

Aquí todo sucede de noche -quizá-, porque la buena música, el buen libro, la gran conversación y el amor se conciben mejor de noche. Y tal vez, porque la noche es el único espacio que tenemos para soñar sin temor a ser interrumpidos.

De noche esperábamos la llegada de Santa Claus, los Reyes Magos y el ratón de los dientes; porque sólo de noche la ternura, la belleza y la inocencia perduran.

Teo y la nota azul nos recuerda que los niños se maravillan con cosas simples y sencillas: los sueños por cumplir; mientras que los adultos cada que aumentan su edad se vuelven más incrédulos y amargos.


Teo y la nota azul fue escrito y dibujado por Peter Kuper, un libro que buscar iniciar a los niños por el mundo maravilloso del jazz, al mismo tiempo que les recuerda que los sueños algún día se cumplen. También es un homenaje a los jazzistas que tanto admira Kuper.

lunes, junio 03, 2013

Entre 'Ladies' y 'Gentlemen' (Diario Milenio/Opinión 03/06/13)

No es nada más que sean guarros y atrabiliarios, amén de acomplejados y cobardes, sino que encima se creen especiales. Cada uno, a su manera, se ve a sí mismo lejos y por encima de la manada, tanto así que le extraña, subleva y enfurece que los simples mortales se atrevan a negarle o regatearle su derecho divino a la excepción. A sus ojos, las reglas son para el peladaje. Por eso no les basta con el gozo discreto del privilegio; necesitan que los demás se enteren, cual si los habitara un ánima ancestral sedienta de revancha y reivindicación. Si otros le sacan jugo a su Ferrari acelerando a tope en la carretera, a ellos les basta con estacionarlo sobre la banqueta.
No están acostumbrados a los desaires y toman como afrenta los obstáculos. O al menos de eso quieren convencernos, pues buena parte de su apuesta es un coctel de bluff y bravuconería. Pero mienten con tan auténtica vehemencia que se creen al instante lo que cuentan y pierden la cabeza tan pronto como temen que la farsa no alcance para torcer las reglas a la medida exacta de sus pretensiones. ¿Cómo se atreven a hablarles así? ¿No se dan cuenta acaso con quién están hablando?
Cuando decimos que alguien es una Lady, necesitamos de otra entonación, un ademán o un gesto para implicar cursivas o comillas, según la gravedad de la ironía. Sirve también decirlo tal como suena: leidi, para implicar que la dama en cuestión se educó en la bragueta de un gendarme. A saber cuantos miles de familias encuentran cotidianas frases del tipo: “Llévale sus croquetas a la Leidi”. En contraposición, los patanes reciben el título burlón de gentleman o lord, si bien también funciona decir que el aludido es un tipazo y alzar las cejas para desmentirlo.
De un tiempo para acá, el título de Lady o Gentleman se otorga de manera oficial en YouTube: basta con que lo agarren a uno en su hora negra para estelarizar un linchamiento contra el que no hay defensa concebible. Casi todos hemos desempeñado alguna vez el papelón de Gentleman oLady, aun si ahora no queremos recordarlo porque haría falta ser demasiado gaznápiro y vulgar para enorgullecerse de esos pendejazos. Llevaría uno prisa, tal vez. Vendría de mal humor. Recién se habría peleado con algún imbécil. Estaría pasando lo que se dice un pésimo día. ¿Y cómo no, si al cabo medio mundo lo sabe y ya le llaman por un nuevo apodo?
No es suficiente con ser barbaján para unirse al elenco de Ladies Gentlemen, si su característica más apreciada consiste en abusar, vejar y degradar a algún ser indefenso. Conserjes, policías, empleados: gente que necesita su trabajo y no se puede dar el lujo de arriesgarlo. Si el extraño que los insulta, discrimina, desprecia y amenaza disfruta el privilegio del anonimato, ellos tienen muy cerca al superior y sus palabras y actos son natural objeto de escrutinio. Parte de su trabajo, ya en la práctica, consiste en aguantar el asalto de los atrabiliarios con la cara de palo de un eunuco moral. Y eso lo saben tanto la Lady como el Gentleman: gente que encuentra chic ese hobby impetuoso de abofetear meseros.
¿Misantropía, arrogancia, miedo, zafiedad, clasismo, sevicia, desequilibrio, frustración, arribismo, intolerancia, perversidad, corrupción, racismo, frivolidad, sexismo, hipocresía, histeria, victimismo? En todo caso es gente urgida de respeto. Pero no cualquier clase de respeto, sino uno inaccesible al resto del rebaño. Pues siempre que uno de ellos nos exige respeto debemos entender que lo que espera es sumisión y pleitesía. Vamos, los da por hechos, de ahí que le sorprenda y escandalice que un hijo de vecino le desconozca. Tal es su indignación en estos casos que en aras del “respeto” escamoteado renuncia al más artero de sus privilegios, que es el de conservar su calidad de anónimo. “¿Qué no sabes quién soy, criado infeliz?”, respira por la herida la vanidad del Gentleman.
Le gusta a uno pensar que está lejos de Ladies y Gentlemen, pero justo es decir que hay empleados pazguatos e indolentes —o groseros y estúpidos, que no menos abundan— cuya mera actitud es una invitación abierta a la ignominia, de forma que ninguno estamos a resguardo de ir a dar algún día a la picota. Por más que algunos hagan más y mejores méritos, convertirse en laLady del día o el Gentleman del momento depende solamente de la puntualidad del camarógrafo. Es una lotería de la desgracia, pero quienes la ganan nos redimen a todos. ¿Gentleman yo? No mames, pinche gato agachado.

Contra la ficción (Diario Milenio/Opinión 28/05/13)

Cuando Karl Ove Knausgaard, el autor noruego que, después de haber publicado dos novelas bien comportadas, merecedoras de importantes premios en su país, dejó de creer en la ficción, optó por escribir una larga y escandalosa autobiografía en seis volúmenes a la que tituló, de manera por demás provocadora, Mi lucha (se ha traducido al español el primer volumen de la serie, La muerte del padre; y en inglés ha aparecido ya la segunda entrega: A Man in Love). En diversas entrevistas y en los volúmenes mismos de su detallada novela autobiográfica, Knausgaard ha declarado que eligió aproximarse “al núcleo mismo de la vida”, es decir, de su vida, porque había dejado de creer en otros géneros literarios como formas capaces de enfrentar la creciente falta de significado del mundo —una falta de significado evidente ya, de hecho, en la diseminación y dominio de la ficción en todos los aspectos de la vida cotidiana—. “La vida a mi alrededor no era significativa. Siempre quería apartarme, dejarla atrás. La vida que llevaba no era mía. Trataba de volverla mía, esa era mi lucha, porque por supuesto que eso era lo que quería, pero fracasaba”. (Vol. 2, 469). ¿Qué podría la ficción literaria frente a la ficción en que se ha transformado la existencia misma? Su respuesta, negativa y radical —radical, de hecho, por negativa— lo condujo a las puertas de una de los más feroces y peculiares trabajos con el lenguaje del yo, que es una forma del lenguaje del nosotros, de nuestros días.
Una necesidad similar se encuentra, acaso, detrás del surgimiento y creciente popularidad de la así llamada auto-ficción: libros en que una diversidad de autores asumen el reto de contar la verdad propia a sabiendas, en un mundo que ha pasado ya por el giro lingüístico y el cuestionamiento de las grandes narrativas, de que tal tarea es imposible. Se trata de libros que saben, y lo muestran así, al menos dos cosas: que no hay manera de tener un contacto directo con lo real, no al menos sin el lenguaje; y que el yo no es más que una convención, el acuerdo del cual partimos para colocarnos en modo íntimo, aunque transferible, ante el lenguaje. Son libros listos; libros irónicos; libros que cultivan una distancia cuidadosa, a veces elegante y a veces melancólica, frente a lo que saben no pueden ni conseguir ni prometer: verdad. Lo que Knausgaard se propone y nos propone es a la vez más descabellado y más imposible. Knausgaard, que a momentos elogia a la novela como el último territorio en que los adolescentes nihilistas pueden plantearse las grandes preguntas del ser, quiere la médula misma, la médula de sí, y la médula del lenguaje. El núcleo de la vida. El esqueleto mismo de los días. El marasmo. No lo que, pudiendo encontrar forma en algún cauce narrativo, fuera capaz de forjar su propio sitio en “el desarrollo del significado a lo largo del tiempo”, sino lo que, expuesto en una simultaneidad abrumadora, pegado al cúmulo de detalles concretos del cuerpo y de la respiración, escapara a cualquier noción preconcebida de lo que es un relato. Atento al anacronismo, Knausgaard no pide disculpas por su ímpetu neo-romántico o, incluso, romántico, pero sí toma su distancia con la inocencia o el autoritarismo.
Para que el lenguaje le dé lo único que no puede darle, verdad, Knausgaard recurre, antes que nada, a prácticas de escritura veloz y sin revisión posterior a través de las cuales cuestiona la noción misma de control autorial. En efecto, pocas veces revisó o corrigió Knausgaard las más de mil cuartillas que produjo en las sesiones de escritura afiebrada y vertiginosa que tomaban lugar en una oficina alejada del hogar que compartía con su creciente familia. Luego, en lugar de poner atención a los grandes nudos de la autobiografía convencional, Knausgaard produjo un lenguaje personal para poder traer a la página “el mundo en que vivía, dormía, comía, hablaba, hacía el amor y corría, el que tenía un olor, un sabor, un sonido propio, ahí donde llovía o soplaba el viento, el mundo que podías sentir sobre tu piel”. Ese mundo, concluye ferozmente la frase, ese mundo “estaba excluido del terreno del pensamiento”. (Vol.2, pág. 128). Se trata, sin duda, de una noción material de la palabra que pone tanto énfasis en el significado como en el significante. Además, aunque el texto no se despega en ningún momento del primer pronombre del singular, Knausgaard adopta desde el inicio una estrategia de despersonalización al echar mano del punto de vista del narrador objetivo: una cámara hipervigilante y voraz se aproxima a caras y cuerpos y calles y paisajes, devorándolos. Como el narrador omite en todo lo posible el juicio o la interpretación, el énfasis no está en la conciencia del autor sino en la materialidad misma del mundo exterior. Y en esto, como en su énfasis sobre la sinceridad y autenticidad de lo escrito, comparte una cierta poética objetivista —esa vanguardia de segunda generación de poetas modernistas que, lidereada en Estados Unidos por Louis Zukofsky, se propuso trabajar de cerca con las palabras de todos los días y a tratar el poema como un objeto—. La lucha de Knausgaard, así, no es la lucha de una conciencia abstracta o ensimismada, sino la del observador participante que puede dar testimonio de las marcas que la vida de los cuerpos ha dejado en el mundo. Lejos del romanticismo trasnochado que nos invita a participar de las impresiones, alegadamente únicas u originales, de un autor, el yo despersonalizado de Knausgaard —autor, narrador y personaje— nos comparte las impresiones que, a veces a su pesar, nos regresan las cosas.
“La literatura de ficción no tiene valor alguno; la narrativa documental no tiene valor alguno”, esto declara Knausgaard hacia el final del segundo tomo de la serie autobiográfica cuando el lector ya ha entendido que lo que el texto le ofrece, y le pide, no es verosimilitud sino verdad. “Los únicos géneros que tenían valor para mí, los que todavía conferían algo de significado al mundo, eran los diarios personales y los ensayos, el tipo de literatura que no lidiaba con la narrativa, que no era acerca de algo, sino que sólo consistía en una voz, la voz de una personalidad propia, una vida, una cara, una mirada que pudiera verte. ¿Qué es la obra de arte sino la mirada de otro viéndote? Una mirada que no se dirige ni a algo superior ni algo inferior en nosotros, sino que nos enfrenta a la misma altura de nuestra propia mirada”. (Vol.2, 545).

martes, mayo 28, 2013

¡Ole, ole, ole, ole Villoro y Caparrós!-(Sexenio-Puebla 22/05/13)

Dicen que el fútbol es el asunto más importante de lo menos importante en la vida. El fútbol siempre deberá estar por debajo de los asuntos coyunturales de un país, nunca por encima de los problemas de pobreza extrema o hambre. Nada más real y cierto que eso.

Sin embargo, el fútbol es parte de una sociedad y ayuda a definirla e inclusive a descifrarla.

Sudáfrica 2010 fue un mundial inédito, pues era el primero que se jugaba en tierras africanas. Se hizo tanto ruido alrededor que al final quedó a deber. Para los mexicanos –que gozamos el fútbol- un mundial representa la esperanza de pasar, por fin, a los cuartos de final. Los integrantes de la selección mexicana se convierten en los próceres fugaces de la patria mexicana.

Juan Villoro se ha vuelto uno de los grandes cronistas y teóricos del fútbol y Caparrós es una de las grandes voces latinoamericanas. Uno mexicano, el otro argentino. A diferencia –pienso- de otros deportes, el fútbol es un deporte que no se disfruta sin tener un cófrade con quien intercambiar técnicas, tácticas y frustraciones. Villoro y Caparrós intercambiaron sus impresiones futboleras durante el mundial de Sudáfrica 2010. Y afortunadamente decidieron publicarlas.

Ida y vuelta es un libro que ayuda al lector a comprender el fenómeno social que es el fútbol. Goles, autogoles, contragolpes, jugadas, jugadores, entrenadores, datos históricos, casualidades, supersticiones, experiencias, psicología y filosofía futbolera; todo es narrado y comparado con una prosa natural y sin pretensiones. Es un libro que deja constancia de las jugadas dignas de ser recordadas por su maestría y/o su ridiculez. Y sí, estos dos autores nos recuerdan el fracaso constante que México tiene cada cuatro años y la gran decepción que para muchos significó Argentina y Brasil. Sudáfrica 2010 fue el mundial que sentimentalmente se llevó Uruguay y futbolísticamente ganó España.

También fue el mundial donde se enfrentaron por segunda ocasión México y Argentina, y donde nuevamente perdió México por malas decisiones del  Javier “el vasco” Aguirre. Mientras éramos derrotados por la albiceleste, sufríamos la muerte de Carlos Monsiváis; esa sí fue la gran pérdida mexicana; nos recuerdan los dos novelistas.

Ida y vuelta es un libro muy disfrutable para aficionados y fustigadores del fútbol. Tal vez, después de leerlo entenderán que el fútbol no es tan malo como aseguran.

Asunto de tantititos (Diario Milenio/Opinión 27/05/13)

El problema no es que la realidad pretenda superar a la ficción, sino que dé la espalda al sentido común. Si va uno a cometer alguna fechoría, vale más que ésta sea inconcebible, o cuando menos incomprensible, de modo que sólo un cerebro retorcido se lance a sospechar, y si encima se atreve a abrir la boca parecerá un perfecto desquiciado. Nadie se esperaría, por ejemplo, que una madre superiora liderase una banda de tratantes de blancas. Cuando esas cosas pasan la primera noticia tiene que ver con el amplio estupor que despiertan. “No es posible”, declaran los vecinos, al tiempo que describen a los monstruos como gente normal, amable y reservada. “No se metían con nadie”, puntualizan y pintan su raya sobre el piso.
Nada tan simple y raudo, en estas circunstancias, como darse a monstruificar al vecino caído en público descrédito. “El fulano era raro...”, concede algún morboso, ya con la lupa encima del recuerdo y la tentación viva de estirar o encoger todo cuanto pudiera caber en el guión. “La mujer saludaba con la vista en el piso, como si le pesara la conciencia”, se suma el aprendiz de criminólogo. Y así, hasta perfilar a los sicópatas. Pues si hace unos minutos los acusados parecían gente normal, las evidencias dicen que eran monstruos y hay que estar a la altura del horror imperante.
Nadie quiere ser monstruo, por supuesto. Por más que las coartadas del criminal —agravantes que desde su extravío considera atenuantes— muevan a risa, espanto, enfado o repugnancia, lo probable es que todo tenga su explicación, aun si ésta resulta más monstruosa. Pues una vez que al hombre de familia le cuelga el sambenito de bestia sanguinaria, raro será quien quiera ponerse en su lugar. Por el contrario, es tiempo de limpieza: lo que toca es horripilarse en masa.
¿Qué tanto es tantito?, reza la canción que tradicionalmente da permiso al borracho de continuar la farra. Más que un razonamiento cuantitativo, la frase es un sofisma irracional. La clase de argumento que a media borrachera nos parece puntual, ingenioso, fehaciente; nada que le permita a uno prever en qué adefesio se convertirá tras unas cuantas rondas de tantitos. “No sé qué me pasó, si yo ni soy así...”, buscará disculparse al día siguiente, libre de la embriaguez que tomaba a los tantos por tantitos.
Ponerse en los zapatos de los monstruos es tan simple como encontrar en cada tanto nada más que un tantito. No dice uno “quiero ser asesino”, pero igual se permite fantasear con la idea de cortarle el pescuezo a un semejante. Luego va convenciéndose de que esa semejanza lo es poco, en realidad, pues bien visto se trata de un antípoda. Y de ahí a calcular que un bicho así no merece ni el aire que respira sólo hay un par de pasos apenas perceptibles. “Total…”, saca la cuenta, “¿qué tanto es tantito?”
Hace unos días que corrió la noticia: un grupo de maestros disidentes dividía su tiempo fuera del aula entre el activismo político y el secuestro de niños. Un quehacer, este último, en el que el profesor cuenta con indudables ventajas, si por su mismo oficio se presume que es diestro en manipular y disciplinar a la gente menuda. No será la primera ni la última vez que los tiene encerrados y a su merced, ni le faltará alguna justificación de entre el menú de tantos subdivididos en incontables tantitos.
En rigor, los maestros enseñan con el ejemplo. Nadie, y menos los niños, sigue el consejo de quien hace lo opuesto a lo que dice. Lejos de imaginar la clase de enseñanzas y exhortaciones que un profesor plagiario prodiga a sus alumnos, puede uno inferir que a la postre esos niños crecerán asumiendo que cualquier fin alcanza para valerse de los medios más atroces, porque al cabo: ¿qué tanto es un tantito?
Un día de clase menos. Una pedrada más. Otra tienda saqueada. Otro pequeño incendio. De tantito en tantito, la embriaguez adelanta al raciocinio y en un descuido toma su lugar. ¿Cómo explicar, si no, la indignación de tantos colegas activistas dispuestos a asumir el papel secuaces ante la detención de los secuestradores? Hace ya largo rato, por lo visto, que la defensa sorda de sus privilegios les lleva a conducirse igual que los borrachos, sin que el fin de la farra se vislumbre.
La ventaja del beodo consiste en discernir que está borracho, incluso si lo niega a gritos y patadas. El problema del monstruo es que se cree en sus cinco. Se mira en el espejo y nada raro encuentra, como no sea el odio soterrado por todo cuanto no se le asemeja. Un detalle, nomás. Una cosa de nada. Un tantito.